Los genes y la historia.

Artículo de opinión de Mª Ángeles López Artal

 

CuadroPertenezco a una familia de emigrantes. De haber vivido en el siglo XVIII, formaríamos parte de una sociedad de castas. Mis padres serían gachupines y la tía Chabuca y el tío Javier serían chapetones. Mi hermano y yo seríamos criollos, mis primas Estela, Sara, Ichu, Sonia y Mayte serían mestizas. Izan, Iker y Matias, serían coyotes. Mi prima Mayte no se ha casado todavía y anda en flirteos con un peruano de ascendencia europea pero, si lo cambiase por un novio moreno, todavía estaríamos a tiempo de tener sobrinos y nietos “no te entiendo”. Así rezaba la organización de la sociedad del mestizaje en el nuevo mundo, desde los siglos XVI al XVIII. El museo de América en Madrid, otro de mis tesoros favoritos, alberga una maravillosa colección de este género pictórico del XVIII, “la pintura de castas”, un fenómeno artístico, muestra de diversidad y familia, que me inspira más cohesión social de la vivida recientemente en las calles de San Luis en EEUU tras los enfrentamientos entre negros y policías blancos.

El mestizaje entre Españoles, Indios, Negros y Moriscos dio lugar a más de 16 castas que aunque no se llamaban exactamente igual en todas las regiones de América, si que estaban reconocidas por todos de manera tan oficiosa como oficial. Cierto es que las diferencias sociales eran notables y no exentas de tensión. Los españoles podían acceder a profesiones más destacadas. Existían normas en la vestimenta que podían usar los negros, mulatos, indios y mestizos. Solo los españoles podían llevar armas y ningún mestizo, zambo o mulato podía acceder a educación superior o a un oficio religioso que denominaban “dignidad eclesiástica”. Curiosamente las mestizas sí que podían ser monjas.

CuadroEl mundo ha cambiado aunque no radicalmente. Cualquiera puede ser hoy cura o monja pero no todos visten de Prada, estudian en ICADE o tienen la oportunidad de acceder al cuerpo diplomático.

Las castas no son exclusivas de nuestra sociedad pero cuidado, tampoco se inventaron para dejar claro que las clases sociales dependían del pantone de nuestra piel. En una familia blanca y poderosa podía nacer un niño negro, hijo de albina y nieto de negra. El niño sería de la casta “torna atrás” y gozaría de los beneficios de su familia sin ningún tipo de repudia.

Fuimos y somos maravillosa mezcla y mistura de razas, pura fusión de sangre, lengua y cultura. La Corona española no vio negativamente el mestizaje, al contrario, se consideró el resultado natural de una política que defendió el matrimonio entre españoles y colonizados, como el propio Hernan Cortés, que se casó con una princesa inca, la Malinche o Garcilaso de la Vega, un historiador culto, distinguido y rico, orgulloso de su mestizaje y que se hacía llamar el Inca Garcilaso, al ser hijo de un español y una india. Nada comparable a la actitud general de las colonias británicas frente al indígena, que fue de ninguneo y rechazo. Los colonizados eran considerados seres inferiores y lo colonos no aprobaban el mestizaje por temor a una degeneración cultural.

En el año 1500, los Reyes Católicos publicaron una real cédula prohibiendo la esclavización. Poco tiempo después, en las últimas voluntades del testamento de Isabel la Católica fallecida en 1504 se lee: «Y no consientan ni den lugar que los indios reciban agravio alguno en sus personas y sus bienes, mas manden que sean bien y justamente tratados, y si algún agravio han recibido, lo remedien». Ahí va la primera y gran declaración de derechos humanos del Reino de España, muy a pesar de los defensores de la Leyenda Negra. El Rey Fernando el Católico aprobó en 1514 una real cédula que validaba cualquier matrimonio entre varones castellanos y mujeres indígenas. El matrimonio, por tanto, herramienta para la conversión religiosa y para evitar que la sangre española quedara desprotegida del manto del Reino, se convierte realmente en el máximo adalid de la integración cultural.

Creo que la lucha por un mundo mejor forma parte del ADN de la sociedad desde hace muchos siglos. Hemos cambiado las armas y los motivos de la lucha. Hoy luchamos incluso con la palabra, un arma mucho más peligrosa que los trabucos de antaño. Ahora no somos castas sino colectivos, mareas o lobbies. Usamos consignas y discursos, a veces con más opinión que criterio. Colonizamos, vencemos y convencemos sin movernos de casa.

M. Ángeles López Artal. Economista


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