El fracaso del crowfunding o lo difícil de vender la piel del oso antes de cazarlo

Desde hace años venimos oyendo hablar del crowfunding, una forma de financiar proyectos y empresas en el que los creadores explican cuál es su objetivo para intentar que potenciales usuarios se comprometan económicamente a comprarlos, de modo que ayuden al proceso. En pocas palabras, una especie de cuento de la lechera en la que se vende la piel del oso antes de cazarla.
Esta forma de financiación se ha hecho especialmente popular entre startups tecnológicas y de desarrollo de dispositivos como por ejemplo el Pebble Time, el que fuera  primer reloj inteligente y cuyo éxito generó una segunda generación del smartwatch para terminar siendo adquiridos por Fitbit, una de las empresas líderes del sector de pulseras de actividad. El Pebble Time logró recaudar 20 millones de dólares, constituyendo la excepción que hace la regla.
Sin embargo, no todas acaban así. Es más, el 60% de los proyectos lanzados en la plataforma Kickstarter no llega a nada ya que un 20% de ellos ni siquiera alcanza el 20% de la financiación planificada inicialmente.  Estas son las cifras que ha devuelto la plataforma como resultado de los 400.000 proyectos de micromecenazgo que se han lanzado en dicha plataforma. Todo un jarro de agua fría de desalienta a los emprendedores.  Nadie dijo que los comienzos fueran fáciles.
No es que este sistema de micromecenazgo sea una mala idea, de hecho en muchos casos es simplemente un problema de publicidad y alcance: es necesario llegar a la población para que esta conozca de tu existencia y se anime a invertir y estas plataformas todavía están restringidas a un nicho de la población. Así que o es una idea que encaje dentro de ese segmento, o llega un potente inversor, o es muy complicado seguir adelante. Y si no es posible seguir adelante, las cuentas de la economía de escala no salen.

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